“La religión y yo”. Ese podría ser el título de esta entrada, aunque finalmente me decidí por esta frase cortita, sugerente y crítica de un señor que se llama Galeano que por más que yo me esfuerce en independizarme, él se empeña en hacerme coincidir con sus ideas. Podemos ordenar el texto en dos partes, empezando por el vínculo que he tenido a lo largo de mi vida con la religión (con el cristianismo más precisamente) para luego explicar la elección del título que lleva el artículo.
Sintetizando un poco, puedo decir que mi infancia fue (gracias a Dios) laica y buena parte de mi adolescencia, católica. Pero mi entorno, mis cosas, mis pensamientos, mi fe, siempre fueron laicos. Siempre. En la escuela somos niños y mientras Dios no se metiera con nuestra pelota, nosotros no nos metíamos con su Reino y sus cosas raras. ¿La verdad? Extraño mucho ese pacto, era sencillo y justo, o por lo menos así lo sentíamos. Fue, como con tantas otras cosas, ese huracán adolescente lo que arrasó con miles de juicios preestablecidos. Aparecieron los hermanos menesianos y nos ofrecieron los valores cristianos que les había enseñado Dios. Me propuse aceptar esos valores (cuya mayoría me resultan muy humanos) y darle una posibilidad a Dios. Fue algo así como un: “Yo qué sé, en una de esas el tipo existe y se encarga de terminar con el hambre, las guerras y las injusticias”.
De todas formas, tengo que confesarle a Dios que nunca pude creer en Él. De la boca para adentro, nunca le creí. Y miren que tuve oportunidades para conocerlo eeh. Pascua, Pentecostés, Semana Santa, Última Cena; pero nada, el tal Dios siempre aparecía envuelto en un misterio Divino, prometiendo grandilocuentes transformaciones que nunca se cumplían.
¿Y si no existe? ¿Y si es un invento del hombre para explicar lo que no entiende y quedar limpio de responsabilidades? ¿Y si es un negocio que crece de la ignorancia de la gente?
¿Y si existe? Si de verdad está ahí arriba, ¿por qué no baja más seguido? ¿Sabe de las guerras que hay en su nombre? ¿Sabe de los evangelios apócrifos? ¿Sabe que la Navidad es la fecha que más enriquece a los mercaderes que su hijo Jesús echó del templo? ¿Qué pasa con los más desposeídos? ¿Ellos no eran los primeros en entrar al Reino de Dios? ¿Dios, dónde queda tu Reino?
Ahora ser agnóstico está de moda, vende bien. Es no afirmar ni negar la existencia de un Dios, pudiendo compartir o no el culto a una religión. Es respetar a las religiones que surgen de procesos reflexivos pero también es declarar la inaccesibilidad del hombre para alcanzar cualquier conocimiento que exceda lo empíricamente demostrable. Hay una frase de Benedetti que ilustra perfectamente (con la simpleza que lo caracteriza) esta postura: "Yo no sé si Dios existe, pero si existe, sé que no le va a molestar mi duda". Suena bien, ¿o no? Entonces la pregunta está planteada, ¿agnóstico o ateo? ¿escéptico o decidido? Hace un tiempo, la respuesta hubiese sido “agnóstico sin dudas”. Hoy ya no. Hoy soy un ateo con dudas. Con dudas porque capaz que el tal Dios existe, pero de todas formas no le creo. Hoy veo a Dios en el Padrenuestro de los pobres, hoy veo a Dios en una Iglesia al lado de un cantegril, hoy veo a Dios en las monedas de la limosna y en el reflejo de los lingotes de oro en el Vaticano. Hoy soy ateo, igual que Dios.
EN PRIMERA PERSONA
Un cielo melancólico acompañó mi infancia
dios era una entelequia de misa y sacristía
con siete padrenuestros y algún avemaría
me otorgaba perdones su divina jactancia
luego poquito a poco fue tomando distancia
y un día me hallé lejos de aquella eucaristía
vi tantas injusticias y tanta porquería
que dios ya no era dios sino una circunstancia
se agravó mi conciencia maravillosamente
y cada vez son menos las cosas en que creo
cuando interpelo a dios se va por la tangente
los milagros se venden de nuevo al menudeo
y así me fui cambiando de buen a mal creyente
de mal creyente a agnóstico/ y de agnóstico a ateo
Mario Benedetti
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